Mi visita al infierno helado

Hace unos meses, contando sobre los avances del libro en el que trabajo, escribí sobre Mauthausen, uno de los tantos campos de concentración en donde se sufrió la atrocidad nazi. En realidad, no conocía mucho sobre el lugar y luego de escribir “Descubriendo Secretos” (que puedes leer aquí), me surgieron muchas preguntas.


Desde entonces he leído algunos libros donde los sobrevivientes narran en primera persona el horror de aquellos días. He visto varias películas y decenas de documentales, reportajes y entrevistas. La investigación me llevó hasta Austria, a 168 kilómetros de Viena, hasta el municipio de Mauthausen.


La mañana estaba helada y el camino se hizo largo por culpa de una nevada. Al llegar, la belleza del pueblo de Mauthausen me sorprendió, al pie del Río Danubio y con los Alpes Suizos de fondo; y muy cerca del Memorial donde hoy se rinde homenaje a las víctimas de la barbarie.

Había dejado de nevar, pero cruzar por esa puerta me congeló el cuerpo. Podía imaginar a los 199 mil inocentes de cuarenta naciones que pasaron por allí sin saber que serían sometidos a las más crueles condiciones jamás pensadas, como esclavos de la industria bélica. El recorrido comenzó en lo que los nazis cruelmente llamaban “el muro de las lamentaciones”, el lugar en donde, en medio de hostigamientos y palizas, les cambiaban sus nombres por un número, les desnudaban y despojaban de las pocas pertenencias que llevaban. De inmediato eran trasladados a un sótano habilitado como área de desinfección -en realidad de despojo- donde les rasuraban todo el cuerpo, bañaban y entregaban al azar algún harapo y con suerte restos de algún zapatos, sin importar las tallas.


Entrada al Campo de Concentración por donde entraron 199 mil víctimas

De allí pasamos a las barracas, hoy limpias y muy bien pintadas, como tratando de borrar el recuerdo de cuando en ese pequeño espacio se hacinaban cientos de literas de tres pisos, hechas de madera y demasiado pequeñas para albergar, cada una, a nueve personas. Las barracas diseñadas para trecientos llegaron a alojar hasta dos mil personas. Estar tan pegados era un alivio en las crueles las noches de invierno cuando absolutamente nada les protegía del frío. En aquel entonces la lluvia se colaba por el techo, la humedad agregaba malestares, pero el agua también calmaba de alguna forma el hambre y la sed que les acompañaba todo el tiempo. No tenían colchones, ni mantas para descansar sus cuerpos reducidos a piel y huesos; a veces tenían la suerte de conseguir algo de paja. Las ventanas no tenían cristales, lo que en verano ayudaba en algo a aliviar el calor que les sofocaba, pero en el invierno era una tortura adicional. Daba igual, a pesar del agotamiento era muy raro que pudieran dormir en medio de la inmundicia y del hambre, con sus pieles cubiertas de llagas y los pies infectados y supurando, mientras los piojos les comían vivos y se esfumaban los recuerdos de la vida que habían perdido.


Frente a las barracas, encontré una gran plaza ahora asfaltada y con la nieve recogida. Este era el lugar en donde tres veces al día les reunían para pasar lista. Allí en medio del lodazal eran sometidos a estar en rigurosa formación militar durante largas horas, desnudos, sin importar si se congelaban o si el sol les achicharraba. No pude evitar pensar en cuántos habrán muerto allí, víctimas de un disparo al azar, una golpiza o ya consumidos por la falta de alimentos, las enfermedades y las inclemencias del tiempo en esas sádicas jornadas agotadoras.

Las barracas y la plaza en el centro donde durante largas horas los nazis pasaban lista

Del otro lado estaba la cocina. Sus puertas estaban cerradas ahora, pero era el lugar donde cada día se preparaba el café aguado y la sopa de vegetales podridos que les ofrecían como alimento. Era el lugar donde un destacamento de prisioneros preparaba también la sustanciosa comida para los SS.


Registros oficiales revelan que cerca de ocho mil SS llegaron a custodiar el campo principal de Mauthausen y los cuarenta subcampos que le rodeaban. Muchos vivían con sus familias del otro lado de la alambrada electrificada que rodeaba el campo. Insensibles a la agonía de sus prisioneros, gozaban de una piscina donde apaciguar el calor del verano e incluso tenían un campo de fútbol donde hacían competencias con otros equipos de los poblados de la región, justo al lado de lo que llamaban la enfermería, pero que no era más que el lugar donde dejaban morir a los enfermos.


La antigua piscina donde los SS disfrutaban del verano del otro lado del muro

Donde estaba el campo de fútbol, justo al lado de los presos moribundos

El campo de Mauthausen se instaló allí para explotar una enorme cantera de granito que daba muy buenas ganancias. La mano de obra esclava era obligada a transportar bloques de granito que pesaban hasta 50 kilos subiendo los 186 peldaños de la que llamaron la escalera de la muerte. Durante mi recorrido después de la nevada, el paso hacia la antigua cantera estaba cerrado para prevenir accidentes; pero con la ayuda de la audio guía pude imaginar el horror que se vivió en ese lugar, donde miles trabajaron hasta la muerte y donde miles más fueron asesinados por los guardias de la SS que, al verlos llegar con el bloque de granito en sus hombros, disfrutaban ver como rodaban mortalmente escalera abajo, después de propinarles un sádico puntapié, un empujón o un disparo.


Archivo: escalera de la muerte por donde los esclavos subían el pesado granito

Para el final de la guerra miles de prisioneros de otros campos fueron trasladados a Mauthausen. Decenas de esas barracas ya no están, incluyendo el llamado campamento de las mujeres a donde llegaron miles de mujeres y niños a finales de 1944. Ellos también fueron explotados y masacrados.


Sin lugar a duda lo que más me impactó del campo es la llamada zona de exterminio ubicada en un sótano. Allí frente a mí estaba una esquina donde quién sabe cuántos fueron ahorcados y otra donde les fusilaban… justo al lado, la cámara de gas permanece intacta como testigo macabro del nazismo… un poco más allá, lo que llamaban morgue, donde acumulaban los cuerpos cuando los crematorios no se daban abasto. Miles fueron sepultados en fosas comunes cuando desesperados, los SS ya no sabían que hacer y la epidemia de tifus empeoraba las condiciones del campo. Te invito a ver el siguiente vídeo que grabé en el lugar.



Cuando los soldados estadounidenses llegaron a Mauthausen el 5 de mayo de 1945 encontraron miles de cadáveres sin enterrar y cientos de personas moribundas por quienes ya no había nada que hacer. La mayoría de ellos están sin identificar en el cementerio que permanece en el lugar, donde solo quedan cruces y estrellas de David como recuerdo. Al llegar a ese punto del recorrido el frío era insoportable a pesar de la ropa tan abrigada que llevaba. Podía imaginar a esos cientos de miles de hombres que durante siete años sufrieron allí. También las alrededor de diez mil mujeres, algunas con sus niños, que llegaron durante el último año de la guerra.


El cementerio de Mauthausen donde hay miles de inocentes sin identificar

El recorrido por el infierno helado de Mauthausen terminó con la visita al museo donde los documentos, fotografías, vídeos y testimonios resultan impactantes. El salón de los nombres recuerda una a una a las víctimas inocentes de la monstruosidad humana.


Era la hora de salir, pues en invierno el Memorial de Mauthausen cierra antes de la cuatro de la tarde poco antes del anochecer. Después de esas largas horas, de una visita casi en silencio me sorprendió que había salido el sol y el paisaje era impresionante. Me conmovió el contraste de la naturaleza luciendo su esplendor mientras yo atravesaba a paso lento el área conmemorativa, el lugar donde diferentes países han levantado monumentos, repletos de fotografías y nombres que le ponen rostro a la tragedia y nos recuerdan que no fueron un número como quisieron los nazis, ni una cifra que suma los seis millones de vidas aniquiladas en el Holocausto. Eran seres humanos, con una vida y una historia que no se terminó de contar.


El área conmemorativa totalmente cubierta de nieve y con algo de sol

Mi visita coincidió con la de un grupo de jóvenes militares austriacos, me impactó verlos allí con sus uniformes planchados y limpios, atravesando de forma ordenada entre las barracas. Rompieron filas cuando, igual que yo, se detuvieron junto a la gran Menorah, desde donde se ve perfectamente aquel pueblo que por tantos años estuvo allí tan cerca, como testigo indolente de los hechos. Ya no sentía mis manos, agarrotadas por el frío, pero saqué fuerzas para captar esa última foto.


Militares junto a la Menorá miran hacia el pueblo de Mauthausen

Nosotros recordamos e insistimos en recordar y recordar cada año; rogando que sea la forma de evitar que algo así vuelva a ocurrir. Agradezco tus comentarios y que compartas con tus amigos y te unas recordando.

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