El Palacio de la Duquesa Mendiga

En el Barrio de Las Letras, en el centro de Madrid sobrevive una de las seis casas palacio de la ciudad. A pocos pasos de la Plaza de Santa Ana, generalmente abarrotada de turistas, se esconde una verdadera joya de la arquitectura del siglo XVIII.


La visita me sorprendió por la belleza del lugar y por la historia que guarda. Llegamos al Palacio de Santoña situado en la Calle Huertas 13, mucho más temprano de lo habitual, sabiendo que se trataba de una visita especial, ya que por años la entrada estuvo reservada para eventos privados.


La construcción original del siglo XVI, reformada en el siglo XVIII por el arquitecto Pedro de Ribera, y en el siglo XIX por Antonio Ruiz de Salces, debe su nombre a los duques de Santoña, quienes compraron el inmueble y lo decoraron con un gusto exquisito.

La duquesa se encargó de contratar a los mejores artistas

El viaje nos lleva hasta el año 1874 cuando don Juan Manuel de Manzanedo, Marqués de Manzanedo y Duque de Santoña, compró la propiedad como regalo de bodas para su esposa, María del Carmen Hernández y Espinosa. Los costosos trabajos de remodelación y decoración demoraron dos años y fue ella quien eligió a los mejores artistas, escultores y artesanos de la época para transformar el lugar, que hoy admiramos.


Mi primera sorpresa fue descubrir la hermosa escalera de gala que, al pie de la calle, nos recibió para dar acceso a los salones del palacio. Realizada en mármol de Carrara, con esculturas del artista italiano Carlo Nícoli, réplicas de clásicos como la Diosa Fortuna, la Amazona y Minerva. Pequeños ángeles y escudos de los Duques adornan la balaustrada de mármol. Pude imaginar los hermosos carruajes que se detenían justo allí para dejar a los elegantes invitados cuando las fiestas en el palacio se pusieron de moda.

La impresionante escalera es la entrada al Palacio

Al llegar a la primera planta nos recibió un retrato del duque hecho por Madrazo, que da paso al salón Pompeyano, de estilo italiano y adornado con retratos de Dante y Brunelleschi y cerámica de Capodimonte incrustada. Uno de los rincones más especiales es sin duda el Boudoir, un suntuoso saloncito diseñado en forma circular, con detalles refinados y adornado con cuatro enormes vitrinas que eran utilizadas por la duquesa de Santoña para lucir sus joyas. Era precisamente allí donde la duquesa recibía a sus amigas, cuentan que era tan espléndida que luego de una visita les daba de regalo un brillante.

Las enormes vitrinas donde la duquesa lucía sus joyas

La duquesa María del Carmen tenía 46 años cuando en segundas nupcias se casó con Don Juan Manual que ya tenía 70. Cuentan que, en el antiguo comedor, decorado con espectaculares lienzos, se ofrecían maravillosos banquetes que reunían a la aristocracia de la época. Las señoras se mandaban a confeccionar vestidos especialmente para la celebración que generalmente terminaba en el hermoso salón de baile, donde el acento barroco es más fuerte. El lugar decorado con espectaculares espejos de seis metros de altura llegó a recibir hasta la visita de los reyes de España.


Espectacular salón de baile hoy convertido en auditorio

Los duques de Santoña demostraron su buen gusto y su fortuna en cada rincón del palacio de más de 4 mil metros cuadrados. Un hermoso salón decorado con motivos orientales y otro con marquetería y azulejería árabe, contrastan con las estancias forradas en seda, trabajadas con estuco e iluminadas con inmensas lámparas de la Real Fábrica de Vidrios y Cristales de La Granja.


Los duques de Santoña habían alcanzado una fortuna convirtiéndose en una de las familias más poderosas de Madrid, pero lo que tal vez muchos no sabían es que don Juan Manuel había nacido en una familia muy humilde y siendo todavía adolescente había viajado a probar suerte a Cuba. Empezó como sirviente y poco a poco fue desarrollando el comercio del tabaco, la caña de azúcar y lamentablemente, la compra y venta de esclavos. Veinte años después había logrado una fortuna y regresó a España donde invirtió en el incipiente ferrocarril, lo que le hizo multiplicar por cuatro su patrimonio.



La duquesa de Santoña llamaba la atención por su exquisito gusto, pero ella tampoco había tenido una vida fácil. Huérfana de madre y con una pésima relación con su padre, dejó el hogar para casarse. Años después vio morir a su esposo de cáncer y luego a su único hijo y a su nuera, por lo que quedó a cargo de sus tres nietas. Más allá de sus desdichas y lujos, la duquesa era una mujer adelantada a sus tiempos. Como emprendedora fundó la primera destilería de alcohol de la zona costera y construyó el edificio-balneario en los manantiales de Lanjarón. Participó en innumerables proyectos filantrópicos y sin duda su obra más trascendental fue la creación del Hospital y Asilo del Niño Jesús, de Madrid, pionero de los centros pediátricos españoles y puntero hoy en día en la investigación de la patología infantil.


El Palacio de Santoña fue lugar de encuentro de personajes importantes de la escena política y social del momento hasta que el duque murió en 1882 y la vida de la duquesa dio un vuelco inesperado. Una hija ilegítima de su esposo llegó de Cuba reclamando la herencia de su padre. Luego de diez años de costosos pleitos legales y traicionada por sus propios abogados, la duquesa de Santoña lo perdió todo. Atrás habían quedado las opulentas celebraciones, y tuvo que abandonar el palacio sin joyas y sin obras de arte. Incluso fue despojada del legado que le había dejado el duque. Desde entonces le apodaron la duquesa mendiga, ya que tuvo que vivir de la caridad junto a sus nietas hasta su muerte, dos años después.


El palacio de Santoña pasó de forma sospechosa a manos de uno de sus abogados, el renombrado político José Canalejas, quien pagó mucho menos de su valor y vivió allí hasta 1912, cuando fue asesinado por un anarquista. Sus herederos no pudieron costear el mantenimiento de la mansión y tras varios años de abandono lo vendieron en 1933 a la Cámara de Industrias, que afortunadamente lo conservó y hoy alquila sus salones para celebraciones y eventos. Ya no hay hermosos carruajes; ni las señoras preparan sus mejores ropas para conversar en el Boudoir. Los caballeros no llevan sus mejores cigarros y en el salón de baile se ha convertido en un auditorio. Pero a pesar de todo, la esencia de los Santoña está presente en cada rincón. Sus alegrías y sus tristezas están en el ambiente; sus derroches y su generosidad se sienten. Las intrigas y las traiciones se recuerdan cuando se visita el Palacio de la Duquesa mendiga.

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