Descubriendo secretos (avances de mi libro)

Sentada en el salón de su casa Eva revisa, una y otra vez, un montón de papeles viejos. Su madre murió hace once años y su padre hace solo dos. Le demoró mucho tiempo disponer de todas sus pertenencias hasta que, hace poco, encontró en la antigua caja fuerte familiar aquellos archivos. Ahora la tristeza de su ausencia se acrecienta ante el asombro de lo que comienza a descubrir y las mil preguntas que vuelan en su cabeza.


Por fortuna tengo el privilegio de acompañarle en este maravilloso proceso, ya que son ellos los protagonistas de mi segundo libro. Llego a nuestra cita semanal y Eva me recibe con fotocopias de cada una de esas hojas, la mayoría manuscritas. Me ayuda a entender las escritas en húngaro y en francés; ya que solo unas cuantas están en español. Se trata en su mayoría de trámites oficiales realizados por sus familiares y que ahora cobran vida para convertirse en piezas clave del rompecabezas que empezamos a armar.


Un documento se apodera de nuestra atención. Se trata de una de identificación provisional que lleva el nombre de su madre y que certifica que estuvo confinada en Mauthausen, uno de los más temidos campos nazi de la muerte. Eva no puede creerlo, pues en su casa nunca se mencionó ni una sola palabra sobre el tema; pero, le queda la duda ya que la guerra siempre un tema tabú en su familia.


Mauthausen era un pueblo tranquilo de Austria hasta que en agosto de 1938 el tercer Reich decidió instalar allí un campo de trabajo forzado para sacar provecho a una cantera de granito propiedad de las SS, de allí saldría gran parte del material para las obras monumentales que planeaba la Alemania nacionalsocialista. Los primeros prisioneros, presos comunes o adversarios políticos e ideológicos, fueron obligados a construir el campo y a trabajar en la cantera. Cuando comenzó la guerra Mauthausen fue ampliado. Los confinados se convirtieron en la mano de obra tiranizada del Tercer Reich y su industria bélica.


Según registros del Centro Mundial de Conmemoración de la Shoá, en 1941 fueron llevados a Mauthausen los primeros judíos procedentes de Holanda. Poco después llegaron detenidos españoles republicanos que habían escapado a Francia tras el triunfo de Franco; también presos políticos checos y cautivos de guerra soviéticos. En 1942 y 1943, siguieron llegando judíos de Holanda, la Unión Soviética, Checoslovaquia y Yugoslavia; también miles y miles de judíos de Francia, Bélgica, Grecia y Luxemburgo. Allí llegaron también los judíos polacos, tras la derrota del Levantamiento de Varsovia. En 1944, los nuevos reclusos venían de toda Europa y eran tantos que los nazis ordenaron la construcción de varios campos satélite, alrededor del campo principal de Mauthausen que se convirtió en uno de los más terribles campos de exterminio nazi.


Las atrocidades de Mauthausen duraron siete años hasta que el 5 de mayo de 1945 las tropas estadounidenses liberaron el campo. Cifras oficiales revelan que más de 199 mil hombres, mujeres y niños de cuarenta naciones estuvieron encerrados en ese lugar, de los cuales por lo menos 119 mil fueron exterminados. Podrían ser más, ya que en el último año llegaron tantos prisioneros que perdieron el control exacto de sus registros. Lo que si está claro es que fueron víctimas inocentes, mano de obra esclava y sometida sin escrúpulos a la peor explotación humana, a las más abominables condiciones, con raciones de comida insuficientes, vestimenta deficiente para soportar el crudo invierno y carencia de atención médica. Luego fueron aniquilados a golpes, abatidos a tiros y llevados a perecer por congelación. Fueron asesinados con inyecciones letales y liquidados en masa en las cámaras de gas.



Vuelvo a ver el documento en las manos de Eva y me gustaría pensar que no es cierto, pero tiene los sellos, las firmas y las fechas que podrían demostrar que su madre vivió el horror, en primera persona, hasta que las fuerzas americanas la liberaron. Ese papel sería la única pertenencia con la que salió de aquel infierno. Pero ella nunca habló del tema. ¿Será que el documento es falso? De ser así, ¿para qué lo guardó con tanto cuidado en la caja fuerte junto a los otros papeles importantes? Después de la guerra el mundo había cambiado para siempre, Hungría había sido devastada y ahora estaba en manos del poder soviético. ¿Le habrá servido ese documento para poder escapar de la Europa comunista? Por ahora son preguntas sin respuesta.


Seguimos revisando atentas aquellos archivos tan bien conservados, cotejando fechas y nombres. Un antiguo pasaporte llama nuestra atención. Es el pasaporte de la abuela y nos lleva todavía más atrás en el tiempo, hasta 1939. Inquietas revisamos en detalle cada página, cada sello, cada fecha y resulta en un viaje fascinante por lugares insospechados. Mientras la abuela recorría Europa y la madre quizá estaba en Mauthausen, Eva era solo una bebé escondida en un sótano de Budapest bajo el ensordecedor bombardeo de los aliados. Tres mujeres, tres historias, tres vidas que se entrelazan. Seguimos revisando y sé que estamos a punto de descubrir algo importante.


* Actualmente trabajo en mi segundo libro, la biografía de una familia judía de Budapest durante la Segunda Guerra Mundial. El primer adelanto lo publiqué hace varias semanas y lo puedes leer aquí. Te invito a acompañarme en este proceso de investigación. No te pierdas ningún detalle suscribiéndote a mi blog con solo dejarme un correo electrónico. Anímate a escribirme comentarios y/o preguntas que tomaré en cuenta al escribir el libro.

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